La inmensa utilidad de estar dispuesto a borrar – Columna de opinión

Parte de la solución de los conflictos colombianos está en rehacer, recomenzar e inventar

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Por: Carmen Amalia Camacho. Directora del Doctorado en Educación y Sociedad de La Salle

Los primeros útiles escolares que nos entregan nuestros padres son: un cuaderno, un lápiz y un borrador; admiramos sus formas, colores y por primera vez nos sentimos responsables de algo y con una fuerte motivación por aprender y por plasmar no solo lo que vemos con nuestros ojos, sino también lo que creamos con nuestra mente.

Cuando empezamos a dibujar nuestros primeros trazos, somos artistas capaces de diseñar el mundo y es tanta nuestra voluntad de hacerlo que cuando no estamos conformes con nuestro primer intento decidimos borrar y rehacer el dibujo. Nada nos detiene, nada nos importa, no nos sentimos culpables por equivocarnos porque al fin y al cabo no tenemos verdades absolutas; los objetos no tienen formas ni colores definidos, el mundo es tan grande o tan pequeño como queramos pintarlo; las personas tienen formas y colores diversos pero más allá de esto, todos somos iguales. La vida es simple, maravillosa y rica en posibilidades.

Mientras crecemos olvidamos la magia del lápiz y el borrador, ya nada es susceptible de borrarse, porque el error es condenado y recomenzar es síntoma de debilidad o poca inteligencia; olvidamos también que la vida puede recomponerse y los colores no siempre son estáticos; olvidamos que las diferencias pueden enriquecernos y no sólo distanciarnos. Así, abandonamos a su suerte el lápiz y el borrador y nos convertimos en usuarios de lapiceros con tinta indeleble, nos volvemos sabios y por tanto, creemos que ya no es necesario escuchar o aprender. Todo lo sabemos, construimos nuestro propio lente para observar la realidad  y desde allí juzgamos al mundo y a los otros, pensando que sus formas de ver son equivocadas.

Sin embargo y a pesar del olvido, en el fondo de nuestros recuerdos infantiles, permanecen para siempre el lápiz y el borrador que nos hicieron dueños del mundo para recordarnos que no hay verdades absolutas, que todo puede hacerse de nuevo, que podemos dibujar mundos posibles y sólo depende de nosotros transformar la realidad. Tal vez sea el momento de recuperar la magia de un lápiz que nos enseñó a descubrir, imaginar, escribir y soñar y de un borrador que siempre estuvo allí para recordarnos que somos falibles, que las verdades absolutas no existen y que siempre,  podremos rehacer, recomenzar e inventar, porque sólo en la medida en que estemos dispuestos a cambiar podremos  hacer de nuestras vidas un espacio digno de ser vivido y del mundo un lugar donde todos podamos construir mejores realidades de vida para todos.

 

Fuente: GJ Comunicaciones

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